Navegamos sobre un pesado y frío sueño,
no somos este cuerpo, ni siquiera este tiempo:
en realidad somos almas sedientas de vuelo,
forjando mundos sin sol, carentes de dueño.
Vagamos por la vida, cada uno a su manera,
ya sea danzando o descubriendo qué fuimos,
gestando utopías, plasmando que existimos,
todo aquello que sirva para aligerar la espera.
En ocasiones fui herido por la idea de la distancia,
y he de confesarte que experimenté melancolía;
la reflexión fue cediendo a un pragmatismo que dolía,
jovial espíritu agotado de su senil beligerancia.
Solemos despedirnos pensando en lo opuesto,
yéndonos febriles, envueltos en anhelos,
poniendo en la memoria aquél mordaz supuesto,
acerca del destino quitándonos los velos.
Es mi deseo asomarme a la ventana del pasado
y negarme a beber del cáliz su embriagante olvido,
muy fiel a mi constante, la suerte que he vivido,
mezcla de sonrisa y llanto de un corazón varado.
Dividir el tiempo es el ejercicio más doloroso y terco,
se vive huyendo de la vida como máxima sacramental,
pero eternos y abstractos seremos de aquí al final,
aunque la muerte nos lleve a su infranqueable cerco.
jueves, septiembre 10, 2009
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