Anda ven. Sólo una vez más, confia en mí recordando que soy el mar, unicamente a merced del capricho lunar, dentro de mí estarás bien, armonizando en mi voluble azul. ¿Qué hay de malo en que te invite a reescribir la historia? No se trata exactamente de la fe, sino de adentrarse al no saber, al no entender, a lo que soy: desengaño, desencanto, destrozo, despiste, descontrol, desasosiego...
Caminaste sobre la tierra cruel, aquellos pies desnudos firmes encontraron su desgaste, su calor, su dolor, su hartazgo, a sí mismos. ¿Qué ha pasado con vos? En tu final coincides con mi origen. ¡No me veas inmenso, tan sólo soy el mar! Ten prensente que en tí llevas las rocas, donde ha resultado siempre inútil cuánta violencia imprima al reventar, el eterno fracaso y el doloroso tener la razón sobre la ciclicidad de lo mundano.
¿Y ahora qué? ¿Decides navegar sin temer a mi tempestad? ¡Vaya atrevimiento!, vagaje tuyo en lo absurdo de la inmensidad (¿o en la inmensidad del absurdo?). ¿Por qué nos reímos de nuevo? ¿Una sinrazón más o la magia de la complicidad?
Entonces, ¿qué historia enterrar, la de siempre o la que hemos comenzado a escribir? Por favor, dímelo, suave al oído, que tan sólo soy el mar.
En los relatos de antaño, escuché acerca de tus travesías: el poder del conquistador, tu gloria y nada más, secando océanos, dando vuelta a casa con los tesoros al interior de tu luminosa nave, con la bandera del olvido ondeando en lo más alto. No importa, mi humilde oleaje te acogerá, te espero al atardecer y en esa bandera he de plasmar que tan sólo soy el mar, de esos pequeños, pero con demasiada sal, en el que no hallaremos joyas sino oscuridad, escoltada por sus dos inseparables sicarios: la ansiedad y la eternidad.
Ya sin rodeos, que esa es labor de los poetas, te he de invitar de nuevo: anda, ven por favor, que tan sólo soy el mar...